Bitácora

Y PASARON 3 AÑOS

*Y PASARON 3 AÑOS*
Ayer desperté y pasé el día recordando que un 21 de mayo hace 3 años llegué a este grandioso país. Para muchos “El imperio”. Un país con oportunidades en cada esquina, en el que debes andar por la línea para evitarte problemas con la justicia, con los que cobran impuestos… con la policía. Nunca tuve “el sueño americano”, ni si quiera antes cuando hubo la oportunidad de venirme y vivir aquí lo quise, Europa me hacía más click en el corazón. Empujada o a elección, cumplo 3 años aquí. Y solo puedo agradecer.
3 años que parecen más, porque las AnaAventuras (como las bautizó una amiga) y aprendizajes han sido tantos… Ha sido un tiempo para ver con otra perspectiva lo que dejé atrás, para valorar mucho más nuestra cultura venezolana, la familia y los amigos, las raíces; el ímpetu de nuestra gente. Ha sido un tiempo para trabajar el perdón y alejar el odio, sin dejar de anhelar como nunca la justicia.
Mi mundo se ha ampliado, ha cambiado. Soy otra. Me siento más fuerte. Pero no niego que a veces veo hacia atrás y extraño a esa otra Anabel, la que estaba en Venezuela no por email, teléfono o redes sociales, sino allá, pisando la tierra donde (casi) todo al rededor es conocido, en la ciudad donde el Norte lo marca una imponente montaña verde.
Son tres años con varios momentos dignos de enmarcar en una foto, unos muy dolorosos que de hecho han sido uno por año: el primer año perdí irrecuperablemente mi pasaporte, confieso que me dolió en el estómago, pensé que sería lo más fuerte de emigrar, pero no; el segundo año perdí a mi papá, repentinamente y sin poder ir a despedirlo, como en las películas o las obras de teatro sobre el exilio, me pasó y eso si ha sido lo más duro y fuerte. Y este año, el tercero, perdí a mi abuelita. Sé que ahora tengo dos Ángeles más que van conmigo en mis aventuras. Los menciono porque son realidades, porque a todo el que emigra le puede pasar -pero solo el que lo vive sabe lo qué es-.
Hace tres años creía que mi vida tenía “estabilidad” porque vivía en mi casa, trabajaba en mi profesión, veía con frecuencia a mis amigos… aunque estuviese en la ciudad con más alto índice delictivo del mundo, ahora sé lo que es no tener casa, no saber dónde vas a dormir una noche (pero que algún ciudadano del mundo te extienda la mano y te rescate), pero estando en ciudades del “primer mundo”, en las que también ves escenas que te recuerdan el Caracaos.
Ahora valoro más trabajar en lo que me gusta, porque ahora sé lo que es limpiar mesas, vasos, cubiertos y platos ajenos -pero hacerlo como me enseñó mamá “muy bien” y hacerlo imaginando que es parte de una obra de teatro, que casa día es una nueva función de una temporada que pronto pasará-; también ahora sé
lo que es que te digan que no puedes trabajar más porque tu permiso de trabajo se venció. Pero ahora también sé lo que es amar a Dios en tierra ajena; este tiempo papá Dios me ha mostrado su amor y cuidado, sobre todo en las dificultades, de manera sorprendente.
A veces uno siente “no soy de aquí ni soy de allá”, pero ahora tengo más amigos de y en mucho países del mundo -esta nación está llena de inmigrantes de todos lados-. Pero además son varios los amigos que ya no están en Venezuela, sino que estamos regados, preguntándonos capciosos si algún día volveremos a reencontrarnos todos.
Ahora entiendo a los que en el exterior me decían “queremos hacer algo por Venezuela, dinos qué y cómo”, el remordimiento por estar lejos causa estragos en el estómago, sobre todo para los que trabajábamos por lograr cambios en Venezuela en distintas áreas. Este tiempo me ha servido para entender que desde lejos también se puede aportar a ese plan y mucho si de verdad se quiere. Y sigo, día a día tratando de aportar mi granito de arena, no solo siendo activista de teclado.
Son tres años de no respirar bombas lacrimógenas sino imaginar el olor por video, pero igual llorar. E igual sentir irritación no solo en la nariz sino en las entrañas al ver las imágenes de represión en mi Venezuela. Este tiempo he visto desde lejos a amigos caer presos políticos y solo algunos pocos ser liberados. Me fui hace 3 años pero sigo conectada intravenosamente a la tierra de mi infancia -por elección-.
Ahora se lo que es poder ir a hacer mercado a media noche, pero sentir remordimiento e impaciencia al pensar que los míos allá difícilmente consiguen lo básico para comer. Al menos a mí, me es inevitable recordar a diario que mi gente batalla diariamente para sobrevivir en un país en crisis, donde conseguir comida o medicinas, es una tarea, donde en muchas zonas el agua es invisible y La Luz parece estar de fiesta, a diario va y viene.
Han sido 3 años de pedir a diario que Dios bendiga a Venezuela, la llene de LUZ y PAZ y la libere porque a veces me pregunto ¿será que de verdad aún estamos esperando a Godot? Han sido 3 años de memorias que espero no queden en el silencio. 3 años de camino junto a gente increíble a los que no puedo decirles sino GRACIAS totales.
¡La lucha sigue!
💛💙❤️
Anabel Navarro Camero
(Si les parece útil compartir)
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